La dignidad, según los diccionarios de la lengua española, es un atributo asociado a la persona: que implica excelencia (DRAE, 23ª edición, 2014); respeto y estima por sus cualidades y comportamiento (Seco et alt. 1ª edición, 1999), o es sinónimo de decencia, honestidad y honradez (Moliner, edición on line). En resumen, la cualidad de digno, en este caso de la empresa digna, implica excelencia, respeto y decencia.

Aunque no es habitual aplicar el adjetivo digno, o digna, a una empresa, no solo no hay razón alguna para no hacerlo sino que su uso será muy pertinente para referirse a aquellas corporaciones que, tras esta crisis y sus efectos, quieran ser acreedoras de una renovada confianza por parte de sus grupos de interés. Eso sí, la empresa digna, a partir de ahora, va a tener que demostrarlo fehacientemente, solo así se la considerará excelente, respetable y decente, es decir, merecedora de esa confianza que en muchos casos, y en muchos sectores, se ha perdido por mor de la crisis.

La crisis, un punto de inflexión

No piense el lector que el término ‘empresa digna’ es mi última ocurrencia, porque hace tiempo que estoy reflexionando sobre el fenómeno de la dignidad en todas las esferas de la vida personal y social a las que la empresa, obviamente, no es ajena. Desde mi punto de vista esta crisis va a suponer un antes y un después en muchos lugares del mundo, entre los que destacan sobremanera Estados Unidos y media Europa, debido a la desigualdad que ha provocado como lo certifican economistas de la talla de Stiglitz, Piketty, Krugman… y que, difícilmente, se va a poder corregir en el futuro, al menos a medio plazo.

No todas las corporaciones, incluso dentro del sector financiero, han sido responsables ni del origen ni de las consecuencias de esa crisis, pero hay varias evidencias empíricas que demuestran que la relación entre la empresa y la sociedad, que históricamente se explica en tres estados evolutivos –básica, avanzada e ideal—se ha visto menoscabada seriamente produciendo un movimiento pendular en la confianza de la sociedad con relación a la empresa, que había vivido su mejor momento en los años previos a la crisis, hasta el punto de que, en España por ejemplo, se ha retrocedido desde una relación avanzada, cuya naturaleza se caracterizaba por un equilibrio entre el valor funcional y el emocional de la empresa para la sociedad, hacia una relación básica, en la que predomina exclusivamente el valor funcional y es una relación abonada para la desconfianza.

¿Significa esta involución un retroceso en la valoración de la gran empresa propia de los años del plomo, es decir, una vuelta al estereotipo de la empresa insolidaria, ocupada y preocupada exclusivamente por la maximización del beneficio y el retorno del capital? Yo creo que no necesariamente, pero va a llevar tiempo, e inteligencia por parte de los líderes empresariales, recuperar la confianza de la sociedad en la empresa.

Como he dicho y escrito hace tiempo, coincidiendo con el nuevo siglo se produjo un cambio en la racionalidad empresarial, caracterizada desde los albores del liberalismo económico por la maximización del beneficio y del retorno del capital. Desde Mandeville o Smith a Hayek y Porter una empresa era tan buena como lo eran sus resultados económicos. La nueva racionalidad empresarial armonizó el beneficio, imprescindible para cualquier empresa, con dos nuevos valores: la ética y la sostenibilidad. A partir de ahí una buena empresa debe ser rentable pero de manera sostenible, y para ello la ética no solo no constituye un obstáculo sino la condición para conseguirlo. Este nuevo paradigma es el de la reputación corporativa, y su rápida consolidación se ha debido precisamente a esa nueva racionalidad empresarial.

Recuperar la confianza de la sociedad

La crisis ha puesto en entredicho la reputación de muchas empresas y su efecto más palmario ha sido su descrédito y la merma de confianza en ellas; confianza que, como he dicho, se había conseguido trabajosamente después de consolidar avances, impensables hace tan solo una década, en materia de transparencia y gobierno corporativo.

El de la empresa digna no constituye un nuevo paradigma –o quizá sí, el tiempo lo dirá—pero sí va a exigir nuevos compromisos fehacientes, por supuesto voluntarios, por parte de aquellas empresas y de sus líderes que demuestren por la vía de los comportamientos y no de las declaraciones una voluntad decidida de paliar la peor de las consecuencias de esta crisis: la desigualdad. ¿Se acuerdan ustedes cuando las compañías comenzaron a comunicar la retribución de sus CEOs y consejeros? Eso constituyó un avance tremendo y real en la transparencia corporativa y una buena expresión de la nueva racionalidad empresarial a la que me he referido. Ahora, los líderes de esas mismas empresas están impelidos a dar nuevos pasos en una dirección, paliar la desigualdad. De su inteligencia y habilidad en esta tarea dependerá, en gran medida, la recuperación de la confianza y la reputación perdidas por sus empresas.

Solo a título de ejemplo, cualquier gran corporación que en España en estos momentos decidiera aplicar un múltiplo máximo y razonable al salario de un trabajador de la base para fijar la retribución máxima de su CEO –y que no necesariamente debe comunicarse, pero sí aplicarse—estaría creando no solo una tendencia pionera, que rápidamente sería seguida por muchas otras compañías, sino que se convertiría en un ejemplo de empresa digna, en una empresa excelente, respetable y decente. Seguiremos insistiendo.

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