El concepto de cosmopolitismo históricamente es inabarcable porque comienza en la Grecia clásica y, pasando por Kant —La paz perpetua—, llega hasta nuestros días con múltiples significaciones, a las que no es ajena su aplicación al mundo empresarial nacido de la globalización. Como todo concepto rico es polisémico, y provoca múltiples evocaciones, aunque siempre se le ha identificado con una moral inclusiva, con comunidades diversas y cooperativas entre sus miembros, con las ciudades abiertas y confiadas… hasta llegar a la ida aspiracional de una hospitalidad universal.

El Covid 19 es el fenómeno que más sorpresa ha producido en mi vida; porque a diferencia de los dos atentados terroristas —las torres gemelas de New York en 2001 y los trenes de Madrid en 2004— que fueron muy impactantes, el propio impacto y sus imágenes me ayudó a entender la tragedia y a intuir sus consecuencias. El virus que hoy nos confina no se ve, carece de sustancia, se le teme más por lo que parece presagiar que por los miles de víctimas que ya ha causado, y en ausencia de la imagen de una deflagración la sabia idea de Ulric Beck —la lógica del reparto de la riqueza y del reparto de los riesgos— en La sociedad del riesgo global se va adueñando de muchos de nosotros: nada va a ser igual después del Covid 19 ¡cuántas veces más oiremos esto!

De todas las consecuencias previsibles de las que he tenido noticia en las últimas semanas y de mis propios análisis, lamentablemente la tendencia que más nítida vislumbro a medio plazo es que la idea cosmopolita parece hundirse irremediablemente, y de las sociedades abiertas que conocimos nos adentramos en la sociedad de la vigilancia como también presagia Bruno Tertrais en El año de la rata. Consecuencias estratégicas de la crisis del coronavirus, algo que no deja de producirme temor cuando se hace a costa de la libertad, porque sabemos muy bien qué fácil se pierde pero se nos olvida lo que cuesta recuperarla.

Auge del soberanismo y del estado protector

Otra de las tendencias que apuntan algunos científicos sociales es el retroceso de la mundialización, una idea que para ser admitida requiere ser matizada. El fin de la era cosmopolita no va a multiplicar las fronteras pero sí va a resultar más difícil traspasarlas por dos motivos. En primer lugar porque otra tendencia probable es el incremento del soberanismo que hasta ahora estaba siendo —en la mayoría de los casos— asociado a la decadencia de la democracia liberal y al auge de los populismos, pero ahora va a suponer el elixir de la seguridad, aunque esto en tiempos del coronavirus no deje de ser la mayor de las paradojas. La otra frontera, probablemente, la llevemos dentro de nosotros mismos, se llama miedo, y sobre él cabalgará ese estado protector y vigilante.

La globalización es un proceso irreversible que puede sufrir algún tipo de cambio como consecuencia de nuevos proteccionismos soberanistas, pero lamentablemente no cambiará en lo fundamental: seguirá siendo imposible una regulación suficiente y ese “liderazgo mundial compartido” del que habla Gordon Brown tampoco parece probable. La globalización que vivimos es el espejo del capitalismo actual y, tampoco ahora, se refundará ese capitalismo pese a las declaraciones, esperemos que sinceras, de los CEOs de algunas de las más importantes corporaciones. Probablemente, el capitalismo sufra una transformación, quizá hasta ahora nunca conocido, contribuyendo en mayor medida a la sostenibilidad, pero muy lejos aún de lo que resultaría urgente y necesario para satisfacer las metas de los ODS de la Agenda 2030.

Se atisba un nuevo nacionalismo estado-empresa.

Nunca las empresas, corporaciones privadas que deberían responder solo a las directrices de sus órganos de gobierno, han tenido tanta influencia geopolítica como en los últimos años; ni hasta ahora habían sido utilizadas como armas por los gobiernos de sus países en la pugna geoestratégica global, muy especialmente EEUU, China y Rusia, pero no solo.

De confirmarse esta tendencia debilitaría, aún más, el multilateralismo y aumentaría las tensiones geopolíticas. EE.UU, Europa, Japón, Corea del Sur, Canadá…por un lado, y un grupo de estados fuertes y democracias débiles —China, Rusia, India, Brasil y Arabia Saudí—no necesariamente alineados en dos bloques, pueden multiplicar el riesgo geopolítico hasta límites hasta ahora no conocidos desde el fin de la guerra fría, especialmente por el papel desestabilizador de algunos líderes de los citados países.

En 2008 el presidente del G20 era el premier británico Gordon Brown, el actual presidente del G20 es el sucesor del trono de Arabia Saudí —Mohamed Bin Salman—que mando asesinar a un periodista, Jamal Khashogi, en la embajada de su país en Turquía. El día de su toma de posesión, la presidencia saudí del G20 emitió un comunicado de prensa para informar que la organización se concentrará en «Concretar oportunidades del siglo 21 para todos». Algo parece que no va a cambiar tras el Covid 19: la mediocridad actual del liderazgo en el mundo y la impunidad de los líderes de los regímenes ricos y autocráticos.

Justo Villafañe
Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y Presidente de Villafañe & Asociados

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