María Ruiz Pacheco, directora de Consultoría, defiende en este artículo la alta responsabilidad que poseen las empresas en el camino hacia la igualdad de oportunidades y analiza algunos de los retos a los que se enfrentan

Las Constituciones y las leyes hace algún tiempo que establecieron formalmente la igualdad de hombres y mujeres, en España y en muchos otros Estados, aunque no en todos los cerca de 200 países que existen en el mundo. 

Centrándonos en España, podríamos seguir legislando o hiperlegislando a favor de las mujeres, lo cual no creo que sea la solución, sobre todo porque en general no se estudian suficientemente, y a priori, las posibles consecuencias de las normas y estas acaban no teniendo efectos reales positivos o, incluso, llegan a ser contraproducentes.

Estoy pensando, por ejemplo, en los blindajes a madres con jornada reducida hasta que los niños cumplen 12 años. Puede parecer muy feminista*, pero lo que he visto a mí alrededor es que terminó siendo nefasto para muchas madres y para las mujeres en general. Para las madres porque es facilísimo que acaben perdiendo oportunidades de desarrollo profesional, cosa que no le ocurrirá a sus parejas; y como los divorcios no son nada raros, a la larga, saldrán tremendamente perjudicadas económicamente. Para las mujeres en general resulta también perjudicial por dos razones: la primera, que el temor a que se acojan a este derecho merma la contratación de mujeres o su ascenso, sobre todo en empresas con horarios interminables y alta exigencia; la segunda, que cuantas menos mujeres lleguen a la dirección más se tardará en cambiar la cultura de las empresas; y esto es malo para todos, también para los hombres y la sociedad.

«Las empresas que proactivamente favorezcan la igualdad, no pondrán en riesgo su reputación»

Por tanto, ahora que está calando en las empresas el concepto de responsabilidad social y el deseo de tener un impacto positivo en la sociedad, tenemos la gran oportunidad de erradicar las malas prácticas de toda la vida –prácticas como dar mejor bonus al que más tiempo pasa en la oficina o de copas con el jefe, promocionar a uno que parece que está muy “comprometido” con la compañía porque pone emails y whatsapps a las 12 de la noche, o reuniones a las 7 de la tarde, por citar ese tipo de bobadas que reflejan una característica cultura corporativa. Naturalmente, hay cosas mucho peores, como mirar para otro lado cuando hay acosos, abusos de poder, presión y exigencias que desembocan en depresiones y enfermedades, o cosas semejantes.  Cuando leemos los periódicos, por fin empezamos a ver que estos malos comportamientos están desembocando en rechazo social y en expulsión de directivos, e incluso fundadores de compañías.

Creo que las empresas tendrían que ser plenamente responsables y asumir la parte que les corresponde para que la teórica igualdad que recogen las leyes se refleje en la vida cotidiana. Por supuesto, las empresas no son el único agente que debe luchar por la igualdad efectiva y lo que suceda en la educación, los juzgados y la vida familiar es absolutamente fundamental.  Pero, tienen que responder a sus stakeholder femeninos, que son muchos, trabajadoras, clientas, proveedoras, accionistas, etc., y a la sociedad en general.

Lo que sucede en las culturas y las prácticas corporativas tiene consecuencias en las familias y la sociedad.  Por citar algo concreto: si las mujeres no quieren o no pueden tener hijos por los horarios de trabajo o la precariedad laboral, los preocupantes asuntos de la baja natalidad española y la sostenibilidad de las pensiones se agudizarán. Otro punto concreto, pero de una naturaleza bastante diferente: si en el mundo del trabajo no hay igualdad real, será más difícil luchar contra la desigualdad en la vida intrafamiliar y se perpetuará la perversidad de exigirle a las mujeres trabajadoras que estén pluriempleadas, asumiendo la mayor parte del rol de cuidadora del hogar y sus miembros.

En un estudio presentado en enero de 2019, Oxfam calcula que el trabajo no retribuido que realizan las mujeres en el mundo equivaldría a una corporación con una facturación de 10 billones de dólares al año, 43 veces la facturación de Apple (1). Y podemos añadir que esa cifra sería 7 veces el PIB de toda España (1,2 billones de euros, aproximadamente equivalente a 1,4 billones de dólares) y nuestro país es, nada menos, que la economía 14º del ranking mundial. Como afirma Oxfam, el trabajo no remunerado es un enorme subsidio oculto a la economía.

Las empresas que proactivamente favorezcan la igualdad de la mujer, no pondrán en riesgo su reputación. Las que no erradiquen las malas prácticas, arruinarán su reputación porque poco a poco la sociedad no lo consentirá y se convertirá en lo que se denomina un factor higiénico, que si está bien no sumará gran cosa, pero si está mal restará tremendamente.

Para que una compañía mejore su reputación significativamente gracias a temas de igualdad, tendrá que hacer algo ejemplar. Tendrá que ir más allá del cumplimiento de la ley. Tendrá que producir un impacto positivo relevante y digno de admiración. Apuntarse a una moda verbalmente, y cambiar poco la realidad, podría volverse como un boomerang en contra de las compañías.

Pero quizás debemos pensar un poco más allá, pensar en el futuro en este mismo siglo que vivimos. En su último libro, Yuval Noah Harari (2) reflexiona, entre otras cosas, sobre la Inteligencia Artificial y su capacidad para hacer desaparecer trabajos que hasta ahora realizan los humanos. Hay dos cosas que dice Harari que me vienen a la cabeza pensando en el 8M: una es que no podemos ocuparnos de reflexionar sobre estas cuestiones porque estamos demasiado ocupados simplemente yendo a trabajar y cuidando a nuestros niños y padres ya ancianos; la segunda es que uno de los trabajos que probablemente no será sustituido, al menos totalmente, por las maquinas es cuidar de los niños, que es probablemente el más importante del mundo.

¿Contradicción entre lo que concluimos de Oxfam y de Harari? No lo creo, vivimos en un mundo con muchas realidades coetáneas y, además, la conjunción del dataísmo, la biotecnología y la IA es muy probable que configuren un mundo difícil de imaginar hoy en día. 

Notas:

* Quizás sea más justo que se pudiera descontar del IRPF el puesto de trabajo que crea un hogar para que le ayuden a cuidar de los niños, los ancianos o los discapacitados. No entiendo cómo es posible que el grandísimo esfuerzo que hacen muchos hogares para pagar el salario y la seguridad social de estos empleados domésticos no se descuente de la base imponible. Las empresas, como es lógico, sí descuentan de sus ingresos el pago de salarios y SS (y otros muchos conceptos) para calcular el beneficio sobre el que pagarán sus impuestos. No podría ser de otra manera. 
(1) El informe de Oxfam Pag. 37
(2) “21 lecciones para el siglo XXI”, Yuval Noah Harari

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